domingo, 24 de abril de 2011

Sant Jordi (i)

 
Todo empezó en el barrio de Gràcia hace unos días. Buscar con desesperación el libro sobre Enrique Morente, La Voz Libre, y no encontrarlo en ninguna de las principales librerías de esta maldita ciudad. No sé si es un enorme fallo editorial la no reedición del libro tras la muerte del cantaor, o quizás que estén actualizando el contenido. Lo que no es normal es  no encontrar un libro así en toda Barcelona. Finalmente lo encargué a la librería Babel de Granada, tan familiar para mí, y donde recuperé, por teléfono, el añorado acento granadino del encargado. Colita, la fotógrafa, tiene un álbum de fotos al que le llama "Lo que veo cuando salgo a pasear" que me encanta. Yo todavía busco título para las fotos que hago en mis paseos. "Fotomontón" es mi opción preferida. En la calle Verdi hay un restaurante que se llama el Oso Panda. Cada vez que paso por delante me recuerda al tema de The New Raemon en el que canta "música y comida china, del chino del oso panda", que por cierto, no es éste, sino uno - según contó en la Sala Apolo - que hay en Vilassar de Mar.

 
Me detengo frente a una tienda a hacer unas fotos - Passeig de Gràcia - camino de La Casa del Libro en busca del susodicho libro y me "chistan"  en broma inocente de despiste desde el balcón dos extranjeras. Rápidamente apunto y disparo, casi sin pensarlo, y las atrapo en desbandada, no queriendo ser retratadas mientras se pintan las uñas de los pies. Dejo atrás la preparación del asalto a la noche barcelonesa y me detengo frente al edificio del Banco Popular. Sobra cemento en esta ciudad. En todas. El reflejo es un buen recurso arquitectónico, una manera de no sentirnos tan atrapados, un engañabobos. Yo soy muy bobo cuando quiero.

 

 
Cruzando la Diagonal me fijo en los pies de los transeúntes. Lo hago a menudo. Me gusta ver la posición que adopta la gente ante la espera del verde. Desde que hago fotografías miro más hacia arriba y hacia el suelo. He perdido el centro. Hay una copla flamenca que dice:

fui piedra y perdí mi centro
y me arrojaron al mar
y a fuerza de mucho tiempo
mi centro vine a tomar

 

 
Bajo, buscando quizás mi centro, hasta Plaza Catalunya. Decido volver a casa en tren porque el metro lo cojo todos los días para el trabajo. Dicen - no sé quién nu por qué - que hay que cambiar rutinas en el tiempo libre. Eso hago.
 

 
Al día siguiente, por la mañana, intento hacer fotos con el perro atado a mi cuerpo. Es difícil. En la foto de abajo, Curro intentaba seguir su paseo mientras yo intentaba reflejar el interior de la iglesia de Sant Pacià, en mi barrio, desde el lateral, a travñes de unas salas anexas. Al final se ven las vidrieras de la Iglesia y me arecía una foto interesante que no supe rematar.


 
El barrio se muestra diferente cuando se deja fotografiar. Intenta sorprenderme, sacarme de la mirada adormecida del día a día, y ser causa y efecto.Los balcones se muestran hoy como sugerentes escotes y algunos edificios se separan creando islas de asfalto.

 

 
Una pared es una textura. Las paredes nos enseñan, levantándose las enaguas, lo que fueran otrora, lo que de piedra hay en su esqueleto. Piedra y confianza, pienso. Hay paredes como heridas, firmes, imperecederas.
 
Para ser un reportage, estas fotos deberían guardar una apariencia uniforme, un aspecto unificador, un hilo narativo estético. Los fotógrafos profesionales buscan su propia identidad, la construyen. Los poetas hacen lo mismo. Se inventan fuera de si mismos y desde allí escriben. No sé si esto que acabo de escribir lo pienso realmente. Me pasa a menudo: escribo lo que no pienso.

 

 
Muchas veces he pensado en hacer un  reportage de Sant Andreu, mi barrio, y de sus lugares más pintorescos. 
 
Seguro que este chaval en pirueta y sus amigos que, inseguros, al verme sentarme con la cámara junto a ellos, deciden sentarse también y dejar de hacer lo que estaban haciendo. Ellos no saben que a mi no me importa si lo hacen bien o mal, y ni siquiera saben que yo jamás tendría el valor de subirme sobre una madera con ruedas, ni sobre un as tablas dejándome caer sobre la nieve en pendiente. No lo saben  y no les importa. Yo era - lo sigo siendo -muy tímido también y no les guardo rencor. En la duda el valiente se hace fuerte.

No hay mucho ambiente de Sant Jordi en el barrio. Apenas hay paradas de libros y las que hay son muy específicas, de asociaciones culturales que han editado sus proyectos. En la calle Segre, los "diables" de Sant andreu han montado su paradeta. No consigo el encuadre de la madre y el hijo. En todas las fotos algo falla: si no es el enfoque, es alguien que se cruza por medio. Finalmente me descubren y aunque no me dicen nada, dejo de fotografiar por pudor.  No me ganaré la vida de paparazzi, lo sé.

 
Un niño, mientras, lucha contra el dragón y lo vence. No siempre la valentía es victoria en la infancia. Son precisamente esas pequeñas grandes derrotas las que nos contrastan y nos enseñan caminos cerrados o abiertos.
 

 
Frente a Can Fabra una hija y un padre juegan a la confianza. Ella corre sobre el cemento y salta. Durante el salto ríe y sabe que en el final del trayecto los brazos más poderosos del mundo la atrapan como la red del funambulista. Insiste e insiste en el juego. EL padre no baja la guardia ni la paciencia. En mi mente suena ahora el tema "Ripcord" de Radiohead y con esa imagen vuelvo para casa.

 
Posted by Picasa

2 comentarios:

Nacho dijo...

Eres bueno amigo, eres bueno.

Para cuando una novela?

Un abrazo.

Ventura Camacho dijo...

jajaja sobre qué? vida y milagros de San Ignacio de Cuyàs