jueves, 8 de diciembre de 2011

Rafael Alberti y Roma (#4) &La Roma de Mª Teresa León

[Reproduzco íntegro una entrada de Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes aquí]

Casa de Alberti en Vía Garibaldi




Colección particular (Madrid).


Traslado a Vía Garibaldi



Tras residir en Monserrato, número 20, y gracias al dinero del Premio Lenin de la Paz que le fue concedido en 1965, Alberti y María Teresa León se mudaron a su nuevo domicilio en Vía Garibaldi, número 88:

Llegamos a su casa, un edificio rojizo de la Vía Garibaldi en el que nos sorprende una inscripción existente sobre el dintel de la puerta. Más tarde María Teresa nos explicaría que este edificio fue en otros tiempos convento para «jóvenes descarriadas». Subimos al segundo piso y nos encontramos ante la República de las Letras y de las Artes. Espaciosas habitaciones abiertas a la luz trasteverina por grandes ventanales y todas ellas repletas de cuadros de Picasso, Miró, Guinovart, Quatrucci... Fotos de Neruda, Nicolás Guillén, García Lorca, Buñuel... Cerámicas y otros objetos de artesanía de los más exóticos países visitados para deleite de sus numerosos visitantes.

Foto extraída de Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid).

(Texto de Francisco Arniz Sanz, «Encuentro con Rafael Alberti y María Teresa León en el Trastevere romano», en Aproximación a Rafael Alberti y María Teresa León, Barcelona, La Mano en el Cajón, 1976, p. 55.)


       
       





Vía Garibaldi y el Trastevere



Foto perteneciente a la colección particular de Carles Fontserè (Girona).



Ahora aquí, en el Trastevere, trepan, aparecidas en estos últimos años de mi ausencia las más verdes y tupidas enredaderas por los muros, formando varias lagunas y ojos entre el color siena tostada romano y el de las trepadoras, creando así una movida y contrastada visión en las paredes trasteverinas, a lo largo de todo el primer tramo en pendiente de la calle Garibaldi.
También han crecido árboles espontáneos, algunos ya muy altos, y por el día, al nivel de las aceras y a la puerta de algunos negocios, se ven macizos de dondiegos rojos, que han de abrirse en la noche, perfumándola suavemente. ¡Roma, Roma!.

(Texto de Rafael Alberti, La arboleda perdida 2, Tercero y cuarto libros (1931-1987), Madrid, Alianza Editorial (Biblioteca Alberti), 1998, p. 212.)

       
       



Bar Settimiano



Foto extraída de www.johncabot.edu.



Al bar Settimiano venían todos los días los pintores Carlo Quattrucci, el argentino Alejandro Kokochinski, el tristemente desaparecido Agustín Pérez Bellas, también arquitecto y escritor, y su mujer, la increíble e insensata gallega Mercedes Ruibal, a la que tanto María Asunción y yo queremos [...]. Aquel ángulo de Garibaldi y la Vía Riari en el que al anochecer me encontraba con mis amigos sigue siendo hoy, aún después de tantos años, un lugar inolvidable. Ahora, cuando estuve en mi antiguo barrio, no pude reunirme con ninguno de ellos. Aunque no muy lejos pude encontrarme con otros amigos de entonces muy queridos, como el grande y arcangélico abogado Mario Veutro y su mujer Giuliana, Angela Redini, inteligente actriz que dirigió la filmación de mi recital de la Fábula de Polifemo y Galatea, de Góngora, con fondo de paisajes playeros en las hermosas costas de Sicilia, y también la siempre bella y elegante condesa De Giorgi.

(Texto de Rafael Alberti, La arboleda perdida. Quinto libro (1988-1996), Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 1996, pp. 137-139.)

       


       



Memoria de la melancolía



Foto cedida por la Fundación Rafael Alberti (El Puerto de Santa María).


María Teresa me ofrecía asimismo una primicia extraordinaria: me iba pasando las hojas, ya mecanografiadas, de su autobiografía
Memoria de la melancolía. Título rotundo, donde todo el dolor de la vida estaba asimilado y comprendido antes de pasar a la literatura. La acción
se desarrollaba en el recuerdo y los personajes principales eran la tierra natal y la historia. Madre Historia y sus bromas
pesadas. También alguna de sus alegrías. Cuartillas impecablemente pasadas a máquina por una joven religiosa a quien María
Teresa gustaba de apodar «mi monjita». Cuartillas donde una representación teatral de Fuenteovejuna en el Madrid revolucionario, donde un perro amado, que el exilio obliga a abandonar a su suerte, alternaban con descripciones
de personajes célebres, conocidos a lo largo de un itinerario vital admirable. Cuartillas que la monjita iba entregando puntualmente,
pues tenía una verdadera vocación de orfebre. Con María Teresa nos habíamos divertido, buscando faltas de ortografía que la
italiana pudiese haber cometido -nada más natural- al transcribir una lengua desconocida. En este caso éramos nosotros quienes
nos convertíamos en orfebres, pues las faltas eran casi inexistentes.

-Acaso se deba a la ayuda de alguna madonna erudita -decía yo-. Aquí, en el Trastevere, los milagros te salen en la pasta asciuta -bromeaba María Teresa. Para añadir, ingenuamente-: ¿Tú crees que alguno habrá sido cierto? ¿Por qué no? Después de todo,
a santa Brígida le habló un crucifijo en la iglesia de San Paolo.

Importa poco. La monja había modernizado la infinita paciencia que sus antepasados de beaterio emplearon otrora en labores
de brocado, transformándola en igual dedicación para con la máquina de escribir. Resultado más que lógico del siglo de las
máquinas. Pero también algún listillo podría decir que la sociedad de consumo había entrado en los conventos. (Se llevaba
mucho en esos días hablar de «sociedad de consumo», y, en más de una ocasión, Rafael había tenido que plantar cara a algún
jovenzuelo prochino que le acusaba de integrado. De todos modos, ningún intelectual de izquierdas consiguió escapar a esas
acusaciones en aquellos agitados tiempos).

(Texto de Terenci Moix, «Alberti en Roma», El País Semanal, 21 de julio de 2002.)

       
       







Alberti y la pintura




Cuando llegué a Roma lo hice ya cargado con unos deseos desasosegantes de aprender a grabar -solamente conocía un poco la serigrafía-, pues me interesaba dar una consistencia más permanente a mis líricogramas, a mi decidido maridaje de las palabras con el signo. Y mi primer maestro fue un grandísimo estampador sardo, de apellido español, Renzo Romero. Con él aprendí diversos procedimientos de grabar: el aguafuerte, la punta seca, el aguatinta, la xilografía, el linóleum, la litografía y el grabado sobre plancha de plomo, técnica esta la más fascinante y sorprendente de todas. Yo, pacientemente más que un monje miniador del Medioevo -un chino-ítalo-arábigo-andaluz-, hice libros, de gran formato, manugrafiados por mí, con tiradas restringidas, de diez o quince ejemplares solamente: X sonetos romanos, con aguafuertes y grabados en plomo; Los ojos de Picasso, con dibujos al pastel y también grabados en plomo; Corrida de toros, con poema manuscrito y seis litografías; Homenaje a Miró, con caligrafía a la témpera y sólo grabado central en plomo también, etc. Al fin, en la V Rassegna d'Arte Figurativo di Roma -1966- me concedieron el Primer Premio de grabado, hecho asimismo sobre plancha de plomo, procedimiento poco conocido que me animó a usar el único artista que lo practicaba, el escultor Umberto Mastroianni, tío del gran actor cinematográfico Marcello Mastroianni, protagonista de tantas películas archipopulares.

(Texto de Rafael Alberti, La arboleda perdida 2, Tercero y cuarto libros (1931-1987), Madrid, Alianza Editorial (Biblioteca Alberti), 1998, pp. 220-221.)

       


       





La Babucha



Foto perteneciente a la colección particular de Carles Fontserè (Girona).


La Babucha llegó de la mano de una Navidad. Fue un regalo de Linucha Saba, una mujer inteligente que todo lo convierte en positivo. Nuestro perro desciende de un linaje nobilísimo. Hemos dibujado su escudo. Carlo Levi es el responsable directo de esos perros lanudos que deben llamarse con nombres empezados con be. Nos ha contado... pero no importa la historia de Babucha sino su presencia. Vive, ladra, lame, acaricia y se acaricia, es la aparición de la belleza matinal, de la gratitud, de la fiel amistad hasta la muerte. ¿La muerte? ¿No es la reencarnación, la presencia, el regreso de todos nuestros perros? Allí están todos en sus orejas largas, en su mirada redonda, cubierta de lanudos rizos, tan terrenal, tan de nuestro mundo de los hombres, tan redondos sus ojos mirando esa pelota que corre y persigue como nosotros perseguimos los sueños que nos corren delante...

(Texto de María Teresa León, Memoria de la melancolía, Madrid, Castalia, 1999, pp. 205-206.)



       
       




Gatos, gatos ymás gatos




Un gato, salido de no se sabe dónde, rayo con pelos, atraviesa entre los automóviles la Vía Garibaldi, perdiéndose por la de La Scala. Es el primer gato que veo en el barrio, pues aun en la noche casi ninguno hace ahora su aparición entre los restos de comidas arrojados por las trattorias y restaurantes. Repito y compruebo la desaparición alarmante de los gatos en Roma.
Antes, bajo la ventana de mi cocina, desde la que se ve una oleada rítmica, y en que diferentes planos, de pálidos tejados maravillosos, dábamos de comer todos los días a más de 20 gatos de todas las edades y tamaños. Las tiernas, y a la vez feroces palomas, descendían de los tejados altos y chimeneas a mezclarse entre el agitado gaterío para aprovecharse de la comida. Siempre observé a los gatos deseosos de merendarse una paloma. Pero éstas los amedrentaban a sacudidas de aletazos, que los
gatos recibían sorprendidos. A Baudelaire le hubiera entusiasmado  aquella escena. Aunque más le hubiera divertido, quizá, ver una jauría de perros sacados los ojos por los gatos. Pero en mis tejados no queda ni uno. Ya no escucho desde mi cuarto su desgarrado y doloroso amor, lleno de maullidos y silencios impresionantes. Eran batallas nocturnas, crispadas de celos y ensañadas persecuciones, a veces todo presidido por una pálida luna asombrada, mientras los millones de ratas romanas apretaban su terror en las cañerías rotas o en las bocas calladas de las alcantarillas.
Ahora he visto, alguna vez, salir ratas de ellas y atravesar, tranquilas aunque sigilosas, la calle, en la pausa impuesta por algún semáforo a los automóviles, yendo a buscar algo que les interesaba en el cordón de la acera de enfrente, volviendo, veloces, a la boca de donde habían salido. ¿Qué será de Roma sin sus gatos?.

(Texto de Rafael Alberti, La arboleda perdida 2, Tercero y cuarto libros (1931-1987), Madrid, Alianza Editorial (Biblioteca Alberti), 1998.)



       
       



Foto cedida por la Fundación Rafael Alberti (El Puerto de Santa María).

El regreso





Del generalísimo Franco decía por ahí la gente que no era inmortal sino inmorible, tanto tardaba en entregar a Dios su alma
y su mano casi paralítica de firmar penas de muerte. [...] Muerto por fin el Caudillo, después de haberlo cobijado bajo el
manto diversas vírgenes, grandes patronas como la del Pilar, y tocado por multitud de reliquias, entre otras uno de los muchos
brazos de Santa Teresa, y proclamados, con el consenso de todos los partidos e instituciones, reyes de España don Juan Carlos
y doña Sofía, yo, todavía en Roma, esperaba con María Teresa el momento propicio de nuestro regreso a la península, después
de casi treinta y nueve años de exilio. Eso no sucedería aún hasta el 27 de abril de 1977.

(Texto de Rafael Alberti, La arboleda perdida, 2 Tercero y cuarto libros (1931-1987), Madrid, Alianza Editorial (Biblioteca Alberti), 1998, pp. 245 y 249.)