miércoles, 22 de junio de 2011

[20-23]

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[20] Una de aquellas respuestas tenía nombre de poeta: Federico. No quisiera apropiarme hoy de su nombre como han hecho tantos a lo largo de todos estos años, porque, entre otras cosas, he dejado de creer en las banderas manchadas por la sangre y tampoco creo en los himnos que cantan al dinero. Muertes como la de Federico García Lorca hubo muchas, igualmente injustas e igualmente absurdas. Talento como el del granadino, me atrevería a escribir esta tarde, desde el reposo de una edad incierta, en el cansancio torpe de este viaje en tren, pocos o ninguno. He querido empezar este diario dirigiéndome a ti, Pepín, que estuviste aquella tarde en la que tardaste más de lo normal en abrir el sobre por el miedo confeso de que sobre la boca muda del papel sonara la contraseña acordada. En efecto, ya se han vendido todos lo solares, repetiste tras un silencio de papel arrugado. Por el teléfono las últimas esperanzas de que Federico estuviera vivo acabaron de desvanecerse, las últimas súplicas de que todo hubiera sido un malentendido, un malicioso rumor de principios de guerra.

 [21] Cuando está Federico no hace ni frío ni calor, hace Federico. Era un ser especial, de una gracia inigualable. Su muerte fue algo inesperado". Confiesa Pepín Bello a un periodista de El Mundo. "A algunos nos costó creer lo que pasó. Los diarios de Madrid dieron la noticia, pero como mentían tanto…mira ahora al cielo de otra tarde, de otra vida, de otro tiempo.


[[22] No llores, Margarita, decías sosteniendo la carta arrugada entre tus manos con más rabia que fuerza y Margarita repetía sin éxito nunca morirá, nunca morirá, Federico no morirá nunca y lloraba como se supo llorar en la plaza al torero muerto, como se llora a la vida cuando abandona el bienestar de las certezas, como se llora el final de un sueño o el inicio de la herida. Si me voy, te quiero más. Si me quedo, igual te quiero. Tu corazón es mi casa y mi corazón tu huerto. Como un martillo de viento golpea Federico con sus versos que fueron en su día una despedida, otra despedida, en Bilbao.

[23] A los veinte días de que marchara a París me llegó una carta suya. En ella decía: `Efectivamente, se han vendido todos los solares'. No había duda de que lo habían matado".