Mostrando las entradas con la etiqueta La Argentinita. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta La Argentinita. Mostrar todas las entradas

martes, 21 de junio de 2011

[14-18]

[página anterior]

[14]  Lo que nos sobra es el tiempo y las preguntas. Lo que nos falta es el descuido ingenuo que tienen las buenas respuestas, las que aciertan.



[15] “A mí me lo confirmó La Argentinita desde París, recuerda con algo de esfuerzo, cansado de verse en la obligación moral de contar la misma anécdota cientos de veces. Para evitar problemas decidimos utilizar una consigna.

 

 [16] Con el transcurso de los años algunas preguntas se habían convertido en grandes clásicos de la interrogación. A la mínima ocasión, con cualquier excusa, allá donde dos compatriotas se juntaban se recurría a ellas inevitablemente: ¿Dónde estabas el 14 de abril de 1931? ¿Qué hiciste el 18 de julio de 1936?, ¿Con quién estabas el 19 de agosto de ese mismo año fatídico? Como decía un amigo ahora muerto “hay preguntas que te hacen sentir más vivo y respuestas que te hacen desear la muerte”.


[17] El sueño de la vida, era ahora un sueño inconcluso. La voz de la muerte, con todos sus presagios; la voz del amor y la voz del arte, las únicas voces que una poeta debía escuchar según decía el mismo Federico quedaban apagadas.





 [18] ¿Y a él?, Pepín, a él nadie le oyó llorar. Tú bien sabes que no quiso interpretar un “ole” para silenciar lo que se rompe por dentro. Rodríguez Rapún no era Dalí.





[19] Si la noticia  de su muerte era cierta debía escribir: `Se han vendido todos los solares'.



# 4 La Argentinita


La bailarina, bailaora y coreógrafa La Argentinita, nombre artístico de Encarnación López Júlvez, nació en Buenos Aires en 1895 y falleció en Nueva York el 24 de septiembre de 1945, fue hermana de la también bailarina y coreógrafa, Pilar López Júlvez.
Hija de inmigrantes españoles en Argentina, marchó a España con su familia de niña (1901). Su primera actuación en público fue con ocho años en el Teatro-Circo de San Sebastián. A partir de ese momento se la conoció por La Argentinita para distinguirla de la también célebre Antonia Mercé quien recibió el nombre de La Argentina. Después de recorrer España como niña prodigio, recaló en Madrid, trabajando en el Teatro La Latina, Teatro de la Comedia, Teatro de La Princesa, Teatro Apolo y el Teatro Príncipe Alfonso. Conjugaba el flamenco, el tango, las bulerías y los boleros, en una suerte de mezclas que resultaron una novedad en su época.
Su éxito la llevó a Barcelona y a Portugal, para recorrer luego América. A principios de la década de 1920 regresó de nuevo a España, trabajando en Madrid para retirarse momentáneamente en 1926. Su vuelta al espectáculo estuvo acompañada por una renovación artística que le unió a la generación del 27. Con piezas adaptadas a la tradición popular, recorrió Europa, triunfando en París y Berlín, y participó en los movimientos artísticos de la época, junto a Rafael Alberti, Federico García Lorca, Edgar Neville o Ignacio Sánchez Mejías, el denominado torero intelectual, hombre casado y que fue su amante.
Con la llegada de la Segunda República formó su propia compañía de ballet y preparó las primeras coreografías: Las calles de Cádiz, Sevillanas del siglo XVIII, El Café de Chinitas, El rango del escribano y El amor brujo. En esta nueva etapa el espectáculo viajó por España y París, donde fue reconocida como una de las artistas más importantes del flamenco de todos los tiempos. En 1931 había grabado un disco de canciones poulares, titulado Colección de Canciones Populares Españolas, acompañada al piano por Lorca, que había preparado los textos. La compañía de La Argentinita contaba con figuras del flamenco de la talla de La Macarrona, La Malena, Fernanda Antúnez, Rafael Ortega y Antonio de Triana, que fue su pareja de baile hasta la década de 1940, siendo sustituído primero por Federico Rey, y después por José Greco.
Al terminar su periplo por España, llevó el espectáculo a América, espoleada también por la muerte en 1934, a causa de una cornada, de Sánchez Mejías. Amplió el repertorio de obras y cosechó en 1936 un notable éxito en Nueva York. Durante la Guerra Civil Española ya hubo de huir, viajando por Marruecos (Casablanca), París, Londres, Países Bajos, Bélgica y, finalizada la guerra, permaneció en el exilio en Estados Unidos. En 1943 presentó en el Metropolitan Opera House de Nueva York el cuadro flamenco El Café de Chinitas, con coreografía propia, textos de Lorca, decorados de Salvador Dalí y la orquesta dirigida por José Iturbi. Será el 28 de mayo de 1945 cuando realizó su última interpretación, también en el Metropolitan. Al término de la función, enferma, ingresó en un hospital donde fallecería en septiembre.
Entre los honores que recibió tras su fallecimiento se encuentra una placa en el Metropolitan Opera House, y las medallas de Alfonso X El Sabio y la Orden de Isabel la Católica.



# 4 José Bello, Lorca y La Argentinita

Cuando habla de Lorca, se le pone en la voz un tono de admiración. Ya lo decía Jorge Guillén: "Cuando está Federico no hace ni frío ni calor, hace Federico". "Era un ser especial, de una gracia inigualable. Su muerte fue algo inesperado. A algunos nos costó creer lo que pasó. Los diarios de Madrid dieron la noticia, pero como mentían tanto… A mí me lo confirmó La argentinita (bailarina que fundó con Lorca el ballet de Madrid) desde París. Para evitar problemas decidimos utilizar una consigna. Si era cierta la noticia debía escribir: `Se han vendido todos los solares'. A los 20 días de que marchara a París me llegó una carta suya. En ella decía: `Efectivamente, se han vendido todos los solares'. No había duda de que lo habían matado". Esto marcó el punto de inflexión entre la felicidad de la juventud y el desastre de una existencia cercenada por la guerra. Antes, José Bello ya se había significado como un irracional, como el verdadero incitador del surrealismo, que sedujo a Buñuel y a Dalí. Bergamín le había denominado "padre extraliterario". Pero nada de eso le importa. Pertenece a la vieja escuela, a esos hombres que llevan un exquisito escepticismo como segunda piel, y tienen un equilibro de palabras que impide cualquier indicio de afección. 

Fuente: http://www.elmundo.es/magazine/m84/textos/bello1.html